El poeta Francisco Javier Fernández Espinosa.

Entrevista al autor de “Proyecto para un beso”, donde nos cuenta sus dudas respecto al mundo y su papel en él, la poesía y los procesos creativos de un joven poeta.

Ser un poeta que vive en el medio rural puede ser un handicap bastante severo para un autor que aparece y desaparece como si de un juego se tratara. La distancia ante la urbe donde nunca cesan de ocurrir cosas puede ser un alto precio para un escritor que no entra en los circuitos habituales de la ciudad de Almería. Su apuesta ha sido la del desarrollo local y comarcal, tarea que actualmente le ocupa mediante el diseño y desarrollo de proyectos socioculturales.

Con a penas 21 años ya publicaba libros, y lo ha seguido haciendo a pesar de largas ausencias y enormes dilemas existenciales. Nunca ha renegado de su obra, pero a veces necesita dejarla atrás, en otro sitio y en otra dimensión.

Francisco Javier Fernández Espinosa (Tíjola, 1974) no es pródigo en entrevistas, ni recitales, ni ferias. Es un observador ensimismado en cualquier cosa. Cree que la poesía es un estado, una forma de entender la vida.

Javier, es difícil verle aparecer por el panorama literario almeriense. ¿Es por timidez?

– Cuando me han buscado, he estado. No vivir en Almería, ni ser un asiduo continuo, me deja fuera de los círculos literarios de la capital, que es donde pasan las cosas. Elegí vivir en mi pueblo, y me compensa más de lo que parece, a pesar de no participar en tertulias o recitales. Tampoco pertenezco a ningún grupo. Me aburre bastante. Prefiero los amigos.

No es un autor demasiado exhibicionista que digamos…

– No. No voy por la vida de autor. Lo que hay entre la poesía y yo, normalmente suele quedar entre nosotros.

Pero ha publicado ya unos cuantos libros.

– Probablemente demasiados. El fin no es publicar, al menos para mí. La publicación es una consecuencia que no siempre es justa o necesaria. No soy un poeta comercial. Tampoco lo pretendo. Esto me da más libertad, dentro de la sumisión necesaria a la que te somete la poesía. No es una relación entre iguales.

¿Hacia donde se encamina su producción actual?

– Últimamente escribo muy poco. Paso largos períodos sin escribir, aunque tomo notas constantemente. Creo que con el tiempo iré escribiendo menos, porque cada vez le encuentro menos sentido al proceso de escribir para publicar. Necesitamos nuevas voces, gente nueva que diga otras cosas y de otra manera.

Por su manera de argumentar parece usted un autor en el ocaso de su vida, y sólo tiene treinta y tantos…

– Puede que esté en el ocaso de mi vida creativa desde la perspectiva pública. O que simplemente note que se me acaba una etapa y sienta incertidumbre, o miedo, ante lo que pueda venir.

¿A quien admira?

– La admiración es un peaje teórico. Me gustan cómo escriben ciertos autores. Me gusta cómo cuentan las cosas y que lo hagan, sobre todo si enciendo luces dentro de mí. Ha habido dos grandísimos autores a los que a pesar de haber conocido en persona, después he continuado leyendo y siguiendo. Uno era Rafael Guillén y el otro García Montero. También me gusta mucho lo que escribe mi amigo Francisco Domene. Alrededor de lo estrictamente literario, aparecen otras figuras como Val del Omar.

Últimamente aparece al frente de actividades e iniciativas culturales. ¿Era un salto lógico?

– Lógico no. La gestión cultural es muy complicada. Es algo de lo que al parecer todo el mundo sabe y pocos valoran. A Del Bosque le pasa lo mismo, padece un intrusismo constante en cada barra de bar. A otra escala, puede que con esto ocurra lo mismo. Las administraciones aún están madurando respecto a la gestión cultural, sobre todo en el medio rural. Este ha sido terreno de campo para la diputación. Intentar aplicar otra herramienta de gestión está costando un poco. Esperemos que el trabajo de sus frutos, y que los políticos permitan continuidad y paciencia para aplicar los proyectos. El Almanzora se lo merece. Es una gran comarca con grandes personas. Por encima de individualidades y egos, de partidos e ideologías, están las personas, que necesitan ser atendidas y que se les preste servicio. La cultura también es una necesidad y una seña identitaria.

¿Queda algo de su relación con el Museo Ibáñez?

– Algunos “políticos” se han encargado de que no, y desde el Museo tampoco hay contacto.

Algún día contará algo…

– Claro. Algún día.

¿Se siente dolido?

– Decepcionado. Esta etapa ya ha quedado atrás. Ha sido un proceso desconcertante y duro, no quiero fijar la entrevista en este asunto. Tampoco debemos olvidarnos que estamos al servicio de personajes itinerantes y provisionales que desde la política nos salvan la vida o nos condenan, sin importarle nada más que el trofeo para exhibirlo. Quien tiene un sueño, tiene un precio. No seré yo quien lo juzgue.

¿Cree que escuchamos a los pensadores, a las voces de nuestro tiempo?

– Sin lugar a dudas, no. Estamos envaucados por teleoperadores, charlatanes, predicadores y parásitos mediáticos que nos obstruyen la realidad. Vivimos una época crucial en la madurez política de nuestro país, con un preocupante panorama internacional en lo referente a lo económico y religioso. Las alarmas saltan, pero Telecinco prefiere emitir otra cosa.

Un buen rato junto a Francisco Javier Fernández Espinosa, autor de “Bella señorita con paraguas”, poema que releo durante cualquier tarde de lluvia, esperando el milagro. Reflexivo y cercano, con más cicatrices de las que cuenta, nos dice que quiere seguir intentando mantenerse al margen del mundo literario al uso. Es un ermitaño con tintes de cosmopolita apasionado por el medio rural. Al despedirse, sonríe tímidamente. Sabe algo más de lo que dice.

A. Yañez