«Danzad, malditos». Artículo biográfico por Francisco Javier Fernández Espinosa.

En la vida cultural del Valle, no es habitual encontrarnos con ocasiones en las que hablar de danza o de ballet. Las representaciones celebradas en los espacios escénicos del Almanzora a lo largo de nuestra historia quizás pudiesen ser contadas con los dedos de una mano, o aventurándome a asumir riesgos, dría que de dos. Se trata de una disciplina minoritaria que requiere un alto grado de especialización y formación crítica, identificada con la élite cultural. Aparentemente no se dan motivos para reclamar un poco de atención sobre esta disciplina artística, que combina la expresión corporal atlética y estética con la armonía de la música y la dramatización, si no fuese porque un descendiente de almanzoríes en la diáspora catalana es toda una figura de prestigio a nivel internacional.

Ramón Oller Martínez nació en Esparraguera (Barcelona) en 1962. Sus padres tijoleños tuvieron que emigrar en busca de trabajo y de un futuro mejor, algo que era habitual en la época y que ahora hemos visto renovado. Ramón estudió Arte Dramático en el Institut del Teatre de Barcelona, ampliando posteriormente sus estudios en danza clásica en París y Londres. Debutó con la Compañía Gelabert-Aezopardi, elaborando desde 1984 más de cuarenta coreografías de éxito, iniciadas con “Dos días y medio”.

Tras fundar la Compañía “Metros” ha trabajado junto a numerosas compañías, destacando entre otras La Compañía Nacional de Danza, el Ballet Nacional de España, el Ballet de Cristina Hoyos, el Ballet Hispánico de Nueva York, el Ballet de la Ópera de Essen, Dagoll Dagom, el Gran Teatro del Liceo, el Teatro de La Zarzuela, el Teatre Lliure, el Ballet Nacional de Paraguay o el Goodspeed Opera House, como ejemplo de la amplia experiencia de su labor profesional, lo que también le sirvió para desempeñar los cargos de Coordinador del Plan de Estudios del Centro Andaluz de Danza y Asesor de Danza Contemporánea entre los años 1996 y 2006.

Su montaje más celebrado ha sido la adaptación que hizo de la ópera de Bizet “Carmen”, donde también introduce música de Martirio, logrando una atmósfera romántica y poética, con recuerdos de flamenco y pasodoble que ha sido representada más de mil veces por los confines del mapamundi. También se atrevió con Puccini, consiguiendo una adaptación de “Madame Butterfly” que satisfizo a público y crítica de forma unánime. La interpretación de la danza que Ramón sugiere está plagada de talento e imaginación, con firmes pilares en el clasicismo al tiempo que revoluciona reiteradamente cada movimiento corporal, como en una escala de tiempo irrepetible aunque la memoria te lo recuerde. Todas estas virtudes no han sido ajenas al halago de los premios, que le han consagrado como un referente dentro del panorama artístico internacional. Mencionaré únicamente algunos, como el Premio del Concurso Coreográfico “Tórtola Valencia” (1984), Premio al mejor espectáculo de Danza otorgado por el New York Times, el Premio Ciudad de Barcelona de Artes Escénicas (1988), Premio Nacional de Danza del Ministerio de Cultura (1994), Premio de la Asociación de Directores de Escena de España (1993 y 1997) o el Premio de Artes Escénicas de La Generalitat (2003).

Ramón Oller también ha ejercido una encomiable labor de promoción y enseñanza de la Danza, siendo profesor de Composición del Instituto de Teatro de Barcelona, dentro de los estudios de Grado Superior de Danza Contemporánea, así como director de dicho Instituto entre los años 2006 y 2008. Recientemente ejercía como coreógrafo residente del Ballet de Teatres de la Generalitat Valenciana, terminando esta relación de manera tormentosa con reproches de censura y derechos de autor.

La incansable vocación de Ramón por la coreografía motivó que dejase los escenarios en 1996, cuando realizó su última gira como bailarín con el primer montaje de danza contemporánea que produjo para el Centro Andaluz de Danza, llamado “Retratos en la memoria”. Sin embargo, en 2001, cuando contaba con 39 años de edad se subió de nuevo a un escenario, representando “Pecado Pescado”, un ecléctico montaje acompasado con música de Shubert, Frank Sinatra y Brigitte Bardot. Otra muestra de la valentía innata del creador al mismo tiempo que se interpreta.

Con la aparición en escena de otro ilustre oriundo del Almanzora, despierta en mí la certeza de no cesar en el esfuerzo incomprendido (a veces) de reivindicar y proclamar a los vientos que nuestra virtud está en nuestras gentes, en ocasiones tan célebres y anónimas que podrían resultar antagónicas, pero inspiradoras de virtud y sacrificio dignos de alabanza. Cobra vigencia la obra de Pollack: “Danzad, Danzad, Malditos”.

@Fdezespinosa