En ocasiones, desde la intención de dar servicio a la comunidad, volcamos nuestro empeño en crear herramientas de promoción y desarrollo de todas aquellas carencias que detectamos a lo largo de experiencias vividas. En nuestro empeño de mostrar organismos e instituciones de cercanía creamos el IEVA. El Instituto de Estudios del Valle del Almanzora, como organismo acreditado por la Mancomunidad de Municipios, diseñó y recopiló una batería de proyectos destinada a la revitalización del interés por la investigación, el patrimonio y la promoción de la comarca del Almanzora, en lo que se pretendía fuese el inicio de actividad de sus departamentos. La financiación correría a cargo de fondos europeos para el desarrollo del medio rural, tal y como ya había ocurrido con antelación con otros ejemplos de iniciativas sociales o culturales, así como turísticas.
En la Asamblea Territorial del GDR celebrada el 02/08/2011 se procede a la aprobación de un total de 55000€ destinados al desarrollo de los proyectos. Se encendió la luz verde para iniciar los expedientes, los encargos, las maquetaciones…Pero nada más lejos de la realidad. El IEVA se había convertido en otro trofeo político más, sin importar su significado, su funcionalidad, origen o estatutos, los cuales fueron aprobados en el Pleno de la Asamblea de la Mancomunidad, por unanimidad, donde se regulaban las características y condiciones para la búsqueda de un nuevo responsable que ni siquiera fueron tenidas en cuenta, por lo que una vez celebrado “el proceso de selección” fue recurrido hasta en dos ocasiones. La sede de Oria –ejemplo de descentralización comarcal- ya había sido ocupada, incumpliendo un convenio, sin aviso y sin la posibilidad de poder retirar documentación y objetos personales. Tuve la desagradable experiencia de comprobarlo en persona. Todo fue un asalto en toda regla, con la única intención de borrar cualquier rastro anterior. Al menos podrían haber utilizado los cauces legales habituales para cualquier proceso de reforma y que hubiesen evitado la sensación de quema de brujas que se desprende de todo esto.
Aprovecho la ocasión de explicarme pues he sido preguntado en numerosas ocasiones sobre el tema y para exponer públicamente lo que tanto costó conseguir. La crispación intencionada y esbozada en despachos que agita y divide a la comarca me ha hecho reflexionar sobre si este es buen momento para ello, pero dejarlo pasar más tiempo haría que perdiese sentido una explicación. No es grato recordar ni señalar el calvario pasado, tampoco representa ninguna actitud revanchista. Desconozco cómo ni de qué manera se ha procedido a la completa justificación de los proyectos ejecutados, ya que se especificaba claramente en las memorias que el plazo de ejecución oscilaba entre 8 y 12 meses, estando incluso vinculados por otras subvenciones paralelas de la Junta de Andalucía, como en el caso de la referida al Palacio de Almanzora. Al nuevo lobby de afines y confidentes que ahora ejecuta la herencia recibida habría que preguntarle

Al final todo son cifras y letras, resultado de un proceso desagradable y dantesco, donde la incomprensión y la falta de espíritu colectivo ha prevalecido, como quien saca los codos para ganar un buen sitio cuando se hace una fotografía. El despropósito y el descrédito intencionado, amalgamados en conspiraciones de madrugada donde el espíritu de revancha se impone a las reglas sagradas del juego, hace olvidar a algunos que sus esfuerzos malintencionados hacen más profunda la brecha que perjudica a los habitantes de la comarca, que no distinguen signos políticos cuando se expresan decepcionados o alegres, reivindicativos y esperanzados, a la espera de conseguir al menos un objetivo unificado: el respeto al Valle del Almanzora. Recuerdo con admiración la paciencia de Antonio Berbel, quien tuvo la ilusión de ver publicada su obra, con financiación disponible y despreciada a última hora, en detrimento de la oleada 2.0.
En mis andanzas por cada uno de los pueblos de la comarca, conocí a gran cantidad de personas, llenas de sabiduría, recuerdos, ilusiones… las cuales me han convertido en lo que soy, pues de todos aprendí algo. Nuestro verdadero gran patrimonio es nuestra gente, la que espera de buena fe que demos lo mejor de nosotros (sin refugiarse en pseudónimos de francotirador), por quienes vale la pena cualquier esfuerzo. Esto no han podido quitármelo. Tampoco se lo permito.